Casas de personajes legendarios que puedes visitar… aunque ellos nunca existieron

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De la mano de un libro, una leyenda o una película es posible adentrarse en la existencia de personajes de ficción de manera tan intensa que, en ocasiones, la frontera entre la fantasía y lo real parece difuminarse. Y un poco más allá: a veces, el arraigo en el imaginario colectivo ha sido tan intenso que ha acabado por materializarse hasta el punto de que es posible visitar las viviendas de algunos personajes míticos que sólo han vivido en la mente de quien los ha imaginado. ¡Te invitamos a conocer algunas de ellas!

 

  • La casa de Julieta, en Verona  

Parece ser que, efectivamente, en la italiana ciudad de Verona existieron dos familias apellidadas Montesco y Capuleto. El resto de la trágica historia de amor más célebre de todos los tiempos fue únicamente obra del ingenio y la pluma de William Shakespeare.

Ahora bien, esta verdad no es impedimento para encontrar la huella que los amantes dejasen en su ciudad natal. Si se visita Verona, se pude visitar también la casa de Romeo o, más célebre aún, la de Julieta: se trata de un palacio que data del siglo XII, muy bien ambientado con mobiliario de los siglos XVI y XVII en la que, además, se puede encontrar una colección de trajes de época y frescos sobre su historia de amor.

También encontrarás, por supuesto, la ventana y el balcón de la famosísima escena… Aunque quizás te decepcione saber que fueron añadidos a la construcción durante el siglo XX.

 

  • La casa de Dulcinea, en el Toboso.

El Toboso estará siempre ligado a la imagen del amor platónico del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Que Dulcinea, en realidad, no llegase a existir no resta atractivo a la casa-museo que lleva su nombre y que recibe al visitante con puertas abiertas en esta villa toledana. Quien al parecer sí vivió allí fue Ana Martínez Zarzo de Morales, en quién Miguel de Cervantes pudiera haberse inspirado para componer el personaje.

Por ello, si pasan por este lugar de la Mancha, no dejen de visitar esta morada: declarada como monumento histórico artístico, se trata de una casa típica señorial de los siglos XVI y XVII en que se ha recreado a la perfección el ambiente de época con muebles antiguos y distintos enseres.

 

  • La casa de Santa Claus, en Laponia

Papá Noel trabaja duro, pero sólo en la noche del 24 al 25 de diciembre. Durante el resto del año vive con tranquilidad en su casa en la Laponia finlandesa, situada en Rovaniemi, a las puertas del círculo polar ártico: de hecho, desde sus dominios se cruza la frontera de acceso al polo.

Como podéis imaginar, el pueblo de Santa Claus es toda una atracción turística con varios puntos de interés: uno de los más importantes es la oficina de correos dónde se reciben las cartas que envían los niños desde todos los rincones del globo. Un poco más allá, entre renos, se levanta la vivienda de Santa, donde lo encontrarás siempre que tu visita no coincida con su jornada laboral.

 

  • La casa de Sherlock Holmes, en Londres

El número 221b de Baker St, en el londinense barrio de Marylebone y muy cerquita del Museo Madame Tussauds, es una de las direcciones más famosas del mundo. Aquí “vivió” y trabajó Sherlock Holmes, el detective inglés más popular de todos los tiempos, junto al Doctor Watson, su ayudante, y la señorita Hudson, su ama de llaves. Esta casa victoriana de tres plantas está inspirada en las novelas de Sir Arthur Conan Doyle y ambientada en aquella época (finales del siglo XIX – principios del XX) con objetos originales. Da la sensación de que los personajes podrían entrar por la puerta en cualquier momento.

 

  • El castillo de Drácula, en Transilvania

Que el escritor Bram Stoker nunca viajase a Transilvania no fue inconveniente para crear al más célebre de sus vecinos: el conde Drácula. Anterior a su época es el castillo donde se dice que vivió y que podría haber servido de inspiración a Stroker para dar forma al que aparece en la novela. Lo cierto es que este castillo es parada obligatoria en casi cualquier ruta turística y es que, aun sabiendo que el conde no se refugiaba del sol ni huía del ajo en estos dominios, ¿quién puede resistirse a visitarlo?